lunes 21 de septiembre de 2009

La otra almohada


Las cosas importantes pasan siempre en la cotidianidad,
de pronto y sin ceremonia.


Aquella mañana comencé a dibujar escenarios hipotéticos en los que mi vecino de almohada dejaba de estar. Imaginé que esa misma noche, durante la cena, me diría que ha conocido a otra, que se marcha. Le pensé muerto en un accidente de tránsito; teniendo un infarto en mitad de la sala de pesas; asesinado por unos maleantes; aplastado por una placa enorme de cemento que negligentemente caía sobre su humanidad al pie de un edificio en construcción. Le imaginé ausente, haciendo un viaje eterno alrededor del mundo, lejos, muy lejos y por mucho tiempo.

Para cuando terminé de ensayar mi acto de ilusionismo, no sin cierta vergüenza, descubrí en mi rostro una sonrisa más plácida que macabra. Cerré los ojos, tenía el pulso agitado, las mejillas enrojecidas, y unas incontenibles ganas de contarle a ése, el de la almohada de junto, que acababa de descubrir una cosa tremenda, una verdad sumamente peligrosa. Enfilé pues mis pasos al desayunador, me paré frente a él sin decir nada, confiando en que mi presencia desviaría su atención del diario.

Cuando levantó la vista, le arranqué el matutino de las manos, me trepé a su cintura y le mordí los labios, bajé mi mano a su entrepierna y le acaricié como si nada en el mundo más preciado fuera. El extraño apartó suavemente mi cuerpo del suyo, me habló del tiempo, de perderse el tren, de que la mañana está hecha para trabajar. Que me amaba mucho, que no lo tomara mal, que me deseaba buen día. Cerró la puerta gritando que retomábamos cuando volviéramos de trabajar.

Salí justo después de él, sin prisa, dispuesta a perderme el autobús, llevando orgullosa esta sonrisa más plácida que macabra y con la certeza de que algún día las dos almohadas serán mías, mías y de nadie más.

martes 15 de septiembre de 2009














Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras

como con una cesta de fruta verde, intactas.

Rosario Castellanos


Sucede que he olvidado cómo usar la palabra. De tanto aprehender otras lenguas me he vuelto muda, minusválida, incapaz de decir nada que valga la pena. Me han dicho que no estoy sola, al parecer, un pueblo entero de mudos, sordos, mancos, cojos y ciegos me acompaña. Comienzo a pensar que también me he vuelto ciega, quizá sorda, manca y coja. No los veo, no los oigo, no los toco, no me tropiezo con ellos cuando deambulo por las calles y los tranvías para mí ya desiertos.

Alguna vez un recuerdo me asalta, me saca del hastío, me deja sentada en un rincón silencioso en donde no tengo más remedio que escuchar mis propios pensamientos. Pensamientos que giran y se retuercen en vértigo. Líneas, oraciones inconexas que se traducen a otras lenguas, arman párrafos enteros con palabras extranjeras que no significan nada en la lengua materna.

Intento entonces construir una iglesia, una plaza, una fuente, una adoquín de bulevar, alguna cosa que pueda mirar, un algo en donde pueda posar los pies, que ocupe mis manos, una superficie que prometa -una vez terminada- poblarse de gente, de música, de color, de texturas, sabores y aromas tentadores; un algo acabe de una vez por todas y para siempre con la tartamudez de mi lengua.





Foto: Marília Campos

domingo 24 de mayo de 2009

Do sostenido



nunca preguntes por quién doblan las campanas;
doblan por ti.

John Donne



Fue en un verano con mar, una mañana de sol y viento helado cuando supieron que se amaban. Se amaban como pensaban que lo habían hecho con otros tantos. Quisieron detener el tiempo y pedirse sonreír, mentirse, escuchar las palabras más bellas, las promesas más temibles, esas que se hacen justo antes de que los párpados se cierren de alegría y los cuerpos cansados se hagan un atado de manos y piernas. Ninguno dijo nada.

Pensaron que el silencio era más sabio, optaron por recorrer el objeto amado como si fuera el teclado de un piano, un piano hecho de la madera más fina, lleno de notas claras y sostenidas. La música llenó la habitación de risas y miradas tímidas, las manos se encontraron para saludarse como si desde hace mucho se buscaran. Los torsos se dejaron guiar por aquella melodía secreta, las piernas se enredaron en otras piernas,una angustia dulce les inundó el pecho,una golondrina se escapó de una de las bocas y se quedó a vivir en la garganta del otro. De la garganta recién habitada nació una melodía de belleza inusitada que estalló en el paladar de la otra boca. Todo se volvió luz y estridencia, las flores marcaron los senderos, el horizonte se cubrió de polen y una nube de abejas bebió toda la miel sobró de sus ojos.

No hubo tiempo para lágrimas,acordaron que amar era siempre una repitición, que ya se volverían a encontrar, en otros cuerpos, en otros brazos, lo mismo da. Que los veranos venideros serían distintos, quizá mejores. Se olvidarían uno a otro como los cuepros que flotan en el mar se olvidan de su propio peso, aprenderían a cantar un música distinta y admitieron también que alguna vez cuando cada uno despierte en una habitación sin golondrina ni piano,recordarán ese temblor de cielo que les obligó a quererse aquella mañana de sol y viento helado, justo en la hora temida, en el repique de las campanas que les advirtieron no amarse, esas que hoy resuenan en el eco de sus pasos como una canción que no encuentra su tempo.

jueves 30 de abril de 2009

Entre tu lecho y el mío




A Rubén


Podría decirse que había tenido una vida sedentaria,rutinaria si se quiere, pero jamás aburrida. No trabajaba los siete días de la semana, tenía turnos a veces muy largos, otras veces demasiado cortos. Era una trabajadora incansable, sumamente hábil para soportar tensiones, nunca escapaba a su deber, no se quejaba ni exigía más de lo justo.
Algunas noches extrañaba el crujir de los postes, el sube y baja de la superficies tersas, esas que en los días de faena la atan a la otredad, a los heterónimos, al verbo desenfrenado que se escapa en el coqueteo con lo oscuro.

Una mañana R le invitó a hacer un viaje. Un recorrido transatlántico, una aventura que la llevaría al reencuentro con una amiga querida y hasta cierto punto olvidada. El viaje tendría algo de nostalgia, de temor por no ser recordada, de temblor por ser demasiado deseada. Tuvo miedo, quiso resistirse al claustro, argumentó que ya estaba vieja, decía que ya no serviría como antaño, que no entendía tanto afán por ser llevada al otro lado del mundo. Seguramente ella, la que esperaba, la habría reemplazado por una más joven, más delgada y más sedosa al tacto.

Maleta en mano pasaron juntos el control aduanero, él quería decirle que no había porqué tener miedo, era sólo una cuerda, unas horas lo que los separaban de un abrazo acaso eterno. Pero ella estaba inquieta, quería salir, reventar todas las barreras, volverse a casa y permanecer en su encierro.
Tuvieron mala suerte, es cierto, el guardia les ordenó abrir la maleta, levantó las camisas recién planchadas, los chocolates para Aurelia, los pañuelos de seda y finalmente descubrió a Milena, hecha un espiral junto a los calzoncillos de R. silenciosa y distante como si hubiera muerto.

Los ojos del guardia se clavaron en los de R. Con un gesto de desprecio le indicó que se hiciera a un lado, le pidió que esperara un momento y dio la orden para que trajeran a los perros.

- Será que nos explica a qué destino se dirige y sobre todo por qué trae una cuerda en la maleta.

R sintió morir, tuvo miedo de mentir, estaba mareado, le faltaba el aire, pensó que sería mejor haberla dejado en casa. Tal vez le acusarían de terrorista, aparecería en los registros de la Interpol, terminaría su vida en una prisión similar a Guantánamo y todo por tres metros de cuerda vieja.

- Señor, le hice una pregunta. Está violando los requisitos de equipaje de mano, que lo sepa. Más le vale darnos una explicación, si no quiere acabar en el cuarto de averiguaciones.

- Ehhh.. oficial, disculpe usted, no sabía que rompía el reglamento. Verá, la explicación es muy sencilla.Yo soy lo que llaman "sado", la amiga a quien pretendo visitar es "maso", esta cuerda es lo único que nos une. Como entenderá, no puedo viajar sin ella, déjeme pasar, no creo que pretenda usted separar a dos personas que se buscan y se necesitan.



La imagen la extraído de la siguiente url desconozco el autor de la misma.

miércoles 22 de abril de 2009

Cascabel al alba



Bailaba por el dinero que los paseantes dejaban caer de sus sacos. Sabía que la desnudez de sus pies sobre la arena tenía un efecto mágico, que el sube y baja de sus caderas transformaba cualquier pena en alegría y que las alegrías ajenas transformaban su hambre en saciedad.

Era una mujer inteligente, si por inteligencia quiere entenderse saber vivir con lo que se tiene y no pedir mas que un techo, patatas recién hechas y un hombro en el que apoyarse. Jamás tuvo un disgusto con nadie, era querida por hombres y mujeres con una paridad acaso imposible. No conocía la maldad y el silencio fue siempre su mejor virtud, o al menos eso intuía.

El día que la noche estrellada cayó sobre todos los demás y las casas se volvieron piedras lisas, los niños dejaron de llorar, los hombres dejaron de mover sus brazos para arar la tierra y el mar devoró entera la playa que fuera su casa, ella logró salir victoriosa entre la marisma. Caminó firme sobre la multitud de cuerpos sin vida que cubrían la aldea, sorbió las lágrimas que quemaban su rostro y aún sabiéndose yerma, dio a luz al ser más perfecto que jamás el Creador soñara posible.

Le puso por nombre Jeremías, como el profeta bíblico, es cierto, pero no fue esa la razón de su escogencia. Ese nombre obedecía a un ruido profundo y muy hondo que sobrepasaba su propio silencio. Era tal vez la manera de levantarse entre los muertos, romper para siempre aquel letargo, de fundar con esa vida un pueblo nuevo, el modo de decir a todos que la esperanza estaba entre ellos, más allá de todos sus muertos.

El alba casi despuntaba cuando por vez primera retó a las estrellas, quiso preguntarles si también ellas la habían olvidado, le reclamó a las olas la poca afinación de su marejada, le pidió a la arena recuperar su firmeza, le exigió a sus pies que se pusieran alegres. Con la criatura ceñida al pecho se levantó el ruedo de la falda, un paso tras otro sus piernas dejaron de temblar, sus caderas se llenaron de castañuelas y de cuerdas de guitarra a punto de reventar.

­-Ya sé que hoy no hay paseantes -le susurró a su niño mientras lo amamantaba- , pero no siempre hay que bailar por monedas. Esta mañana bailamos juntos mi niño, tus risas serán mi cascabel y mi canto.



Foto: Como ven el retarto es de Carmelilla Montoya, desconozco al fotógrafo.

jueves 5 de marzo de 2009

Mi princesa de la boca de fresa


En el momento en que levantó el teléfono quise cortar la llamada. Decirle que no lo cogiera, que lo contesto yo, que han llamado al número equivocado, que no se espante, que sólo los locos y los borrachos llaman a estas horas. Pero era poco lo que en mi situación podía hacer por ella.

Una lágrima pesada como lluvia rodó por su mejilla, hasta estrellarse en la alfombra, se convirtió en charco de agua salada con cientos de peces diminutos que dibujaban figuras para tratar de distraerla. Trazaron primero una flor, después una silueta de barco, luego una estrella y más alla, una sirena.

Sus ojos buscaron clavarse en punto fijo, evitar el mareo, quiso soltar el teléfono y cantar un tango triste, melodioso que acompañara el baile de sus peces. Pero el agua se tiñó de púrpura, los bailarines rompieron filas y saltaron fuera de su estanque, aletearon aterrados sobre la superficie felpuda de la alfombra, trataron de alcanzar el agua clara, pero sus ánginas se llenaron de polvo y perecieron todos al mismo tiempo.

Los cádaveres rodearon los pies desnudos de Rosa, la pobre no era capaz de moverse. Y yo ahí junto a ella, sin poder acariciarle la frente, sin poder decirle que ella no tenía culpa de nada. Quise abrazarla, decirle que la quiero mucho, que lamento no haber podido enterderla, que todo ha sido un accidente, que algún dia volvereamos a encontrarnos, que no me llore mucho, que esto es parte de la vida, que aquí donde estoy ahora se está muy bien, que con el tiempo se le pasará el dolor, que no está sola, que yo la acompaño.

De nada servieron mis palabras, ella estaba ausente, todos mis esfuerzos fueron inútiles. Le susurré, le cogí las manos, pero no estaba atenta, no pudo escucharme. Sus manos temblaron de frío, de angustia, de rabia. Maldijo dos o tres veces, puso el teléfono en su sitio y se volvió a la cama. No creo que haya podido dormir, me quedé a velarle el sueño, como cuando era una niña y le leía versos del Rubén Dario hasta que se quedaba dormida con esa sonrisa tan cálida, tan suya.

Si la ven, díganle que no tiemble más, que siempre será mi princesa, mi niña, princesa de la boca de fresa.


Pintura: Fernando López Guevara. Danza de los peces, acuarela, 50 x 35 cm.

miércoles 11 de febrero de 2009

Del poder de ciertas lenguas


Puede decirse que mi amor por la lengua inglesa nació en primera instancia en las lecturas de mi infancia, para más señas, ha sido Oscar Wilde el culpable mayor. Más tarde, mi pasión por la historia occidental me llevó a imaginar que vivía grandes aventuras bélicas, conquistas, conspiraciones religiosas y traiciones entre los miembros de la familia real.

Todo esto sucedió, claro, antes de que adquiriera esto que llamamos la consciencia histórica o la comprensión de los mentados mecanismos de dominación cultural. Fue entonces, cuando mi nueva manera de mirar a Inglaterra y todo lo que tuviera que ver son su hermosa lengua y su muy complicada historia nacional cambió para siempre.

Digamos que entré pues en un conflicto ético no muy grato. Dejé de leer en inglés, no quise saber más del país donde muchos dicen que nació el feminismo (otros dicen que ha sido en Francia y pare usted de contar), tampoco quise saber más de los paisajes marinos de Turner y cuando visité el cementerio de Pére Lachaise en París no le lleve flores a Wilde. Quise arrancarme esa lengua que se le ha impuesto al resto del mundo, bajo la escusa de ser una herramienta esencial para nuestro progreso profesional o sociocultural. Tras librar una intrincada lucha conmigo misma y con el sistema, sucumbí a la tentación de poseerla toda, o casi toda. Entonces me vine a Inglaterra y decidamente me dediqué a explorar cada vena de su cuerpo, quizá alguna vez le maltrate, pero juro que si lo hago es por descuido, por torpeza, no por falta de cariño.
Hoy, pese a mis convicciones idológicas, me encuentro de nuevo saboreando cada palabra de Edgar Alan Poe (sé que es norteamericano, no es un error), Sylvia Plath, Charles Dickens, Virginia Woolf, Oscar Wilde, Eleonora Carrington, Hemingway y todos quienes me faltan por nombrar. Sin mencionar las cientos de miles de películas que se han producido en lengua inglesa y las toneladas de buena música que los anglos nos han reglado.

Tras un anho de vivir en territorio inglés, mi percepción sobre la posición histórica y actual de los dominados y los dominantes no ha cambiado. Por el contrario, incluso podría decir que se ha fortalecido. Sin embargo, debo aceptar que más allá de los tiránicos imperios ingleses, de todo el dolor que su ignorancia y anglocentrismo le ha causado a tantos países del globo terráqueo, más allá de la globalización cultural impulsada por los Estados Unidos, a pesar de la crisis mundial de la economía, de la xenophobia de la que a diario soy víctima, mi estancia en Inglaterra ha valido la pena.

Espero pues llegar a usar algún día no muy lejano esta "herramienta global" en favor de los dominados y por suepuesto, en pro de mi propio goce estético. Y no me digan que los próximos dominantes serán los hablantes de árabe porque esa sí no me la banco. El islam, como lo entienden y lo manejan los muchos grupos extremistas, no me apetece ni un poquillo. En todo caso, si esto llegara a pasar, espero estar enterrada o en su defecto, muy anciana y con un pie en la tumba.