
Las cosas importantes pasan siempre en la cotidianidad,
de pronto y sin ceremonia.
de pronto y sin ceremonia.
Aquella mañana comencé a dibujar escenarios hipotéticos en los que mi vecino de almohada dejaba de estar. Imaginé que esa misma noche, durante la cena, me diría que ha conocido a otra, que se marcha. Le pensé muerto en un accidente de tránsito; teniendo un infarto en mitad de la sala de pesas; asesinado por unos maleantes; aplastado por una placa enorme de cemento que negligentemente caía sobre su humanidad al pie de un edificio en construcción. Le imaginé ausente, haciendo un viaje eterno alrededor del mundo, lejos, muy lejos y por mucho tiempo.
Para cuando terminé de ensayar mi acto de ilusionismo, no sin cierta vergüenza, descubrí en mi rostro una sonrisa más plácida que macabra. Cerré los ojos, tenía el pulso agitado, las mejillas enrojecidas, y unas incontenibles ganas de contarle a ése, el de la almohada de junto, que acababa de descubrir una cosa tremenda, una verdad sumamente peligrosa. Enfilé pues mis pasos al desayunador, me paré frente a él sin decir nada, confiando en que mi presencia desviaría su atención del diario.
Cuando levantó la vista, le arranqué el matutino de las manos, me trepé a su cintura y le mordí los labios, bajé mi mano a su entrepierna y le acaricié como si nada en el mundo más preciado fuera. El extraño apartó suavemente mi cuerpo del suyo, me habló del tiempo, de perderse el tren, de que la mañana está hecha para trabajar. Que me amaba mucho, que no lo tomara mal, que me deseaba buen día. Cerró la puerta gritando que retomábamos cuando volviéramos de trabajar.
Salí justo después de él, sin prisa, dispuesta a perderme el autobús, llevando orgullosa esta sonrisa más plácida que macabra y con la certeza de que algún día las dos almohadas serán mías, mías y de nadie más.





