
A Néstor
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me habla de ternuras y de amores
[...]
¡Oh, inefable alegría,
son las riberas de la patria mía!
J.A Pérez Bonalde
La noche en que decidió regresar no probó bocado, fumó menos que de costumbre, pensó qué podría llevarse en la maleta -si acaso decidiera hacerla-, se preguntó qué la ataba a esta tierra y qué la unía a la otra. Se preguntó si acaso ella también podía ser capaz de amar. Amar así como la gente cuenta que ama, no cómo ella había amado siempre. Amar pensando con el otro, teniendo fe en una cosa que no se puede ver y que nadie sabe si existe, ¿amar así?, pues no. Bien lo sabía, ella amaba de a ratos, con distancia, con la certeza de que siempre se puede dar gracias por los favores recibidos y abandonar el teatro justo antes del último aplauso.
Pensó en su ciudad natal: sucia, irreconocible, maloliente, plagada de maleantes en motocicletas, creyó escuchar la voz del presidente en cadena nacional escapando del radio de una panadería, se vio a sí misma saliendo de una agencia de lotería pidiéndole a Eleguá que le abra los caminos, se vio contando las monedas para subirse a un carrito por puesto, cruzándose la cartera hacia el pecho. Sintió la salsa, el reguetón, la bachata estallando de los parlantes del autobús. Oyó los disparos que escapaban de la mano de un jovencito demasiado drogado cómo para saber por qué disparaba. Se recordó corriendo a toda velocidad por el pasillo de Inginiería de la UCV, los ojos rojos por las lagrimógenas, tuvo naúseas y sintió la adrenalina paralizándole las extremedidades.
Se restregó los ojos casi con violencia y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Se vio en la Ciudad de México caminando por Reforma a punto de llegar a casa. Creyó ver de nuevo el Popocatépelt en erupción desde la azotea de su casa en Puebla. Se vio en Victoria Station tomándose un tren London to Sheerness-on-sea, otro más from Sheerness-on-sea to Ramsgate. Se vio caminando por la costa de Broadstairs, creyó llorar de nuevo en la barra del bar antes de recoger los vasos de los últimos clientes, se vio en The Ramsgate Royal Harbour contemplando Francia en la distancia. Sufrió al saber que tal vez nunca más hablaría en tres lenguas al mismo tiempo. Se vio triste en la Citadella al tope de Budapest diciéndole adiós al Danubio; en la Columnata de Berlín enamorándose de la copa de los árboles; en París tratando de entender la gracia de la Mona Lisa; en la galería Belvedere arrodillada ante la belleza de El Abrazo de Klimt.
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me habla de ternuras y de amores
[...]
¡Oh, inefable alegría,
son las riberas de la patria mía!
J.A Pérez Bonalde
La noche en que decidió regresar no probó bocado, fumó menos que de costumbre, pensó qué podría llevarse en la maleta -si acaso decidiera hacerla-, se preguntó qué la ataba a esta tierra y qué la unía a la otra. Se preguntó si acaso ella también podía ser capaz de amar. Amar así como la gente cuenta que ama, no cómo ella había amado siempre. Amar pensando con el otro, teniendo fe en una cosa que no se puede ver y que nadie sabe si existe, ¿amar así?, pues no. Bien lo sabía, ella amaba de a ratos, con distancia, con la certeza de que siempre se puede dar gracias por los favores recibidos y abandonar el teatro justo antes del último aplauso.
Pensó en su ciudad natal: sucia, irreconocible, maloliente, plagada de maleantes en motocicletas, creyó escuchar la voz del presidente en cadena nacional escapando del radio de una panadería, se vio a sí misma saliendo de una agencia de lotería pidiéndole a Eleguá que le abra los caminos, se vio contando las monedas para subirse a un carrito por puesto, cruzándose la cartera hacia el pecho. Sintió la salsa, el reguetón, la bachata estallando de los parlantes del autobús. Oyó los disparos que escapaban de la mano de un jovencito demasiado drogado cómo para saber por qué disparaba. Se recordó corriendo a toda velocidad por el pasillo de Inginiería de la UCV, los ojos rojos por las lagrimógenas, tuvo naúseas y sintió la adrenalina paralizándole las extremedidades.
Se restregó los ojos casi con violencia y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Se vio en la Ciudad de México caminando por Reforma a punto de llegar a casa. Creyó ver de nuevo el Popocatépelt en erupción desde la azotea de su casa en Puebla. Se vio en Victoria Station tomándose un tren London to Sheerness-on-sea, otro más from Sheerness-on-sea to Ramsgate. Se vio caminando por la costa de Broadstairs, creyó llorar de nuevo en la barra del bar antes de recoger los vasos de los últimos clientes, se vio en The Ramsgate Royal Harbour contemplando Francia en la distancia. Sufrió al saber que tal vez nunca más hablaría en tres lenguas al mismo tiempo. Se vio triste en la Citadella al tope de Budapest diciéndole adiós al Danubio; en la Columnata de Berlín enamorándose de la copa de los árboles; en París tratando de entender la gracia de la Mona Lisa; en la galería Belvedere arrodillada ante la belleza de El Abrazo de Klimt.
De pronto creyó escuchar la voz de su madre, recordó el sabor de los mangos verdes, el olor del café recién colado, la alegría de su hermano favorito innundándole los tímpanos, la húmedad del Caribe estrellándose en su rostro, Daniel Santos cantado por la abuela muerta, un poema de Lezama Lima leído por su tía ausente, las fotos tomadas por el padre invadiendo las habitaciones de la casa materna. Los labios del amado uniéndose a los suyos, ella dejándose caer en sus brazos, ligera y sin oponer resistencia. Sólo entonces, cerró por fin los ojos, derramó unas cuantas lágrimas, tal vez de alegría, quizá de pena. Jamás había sentido tanto miedo, pronto estaría en casa.
© Reservados todos los derechos de uso y publicación / Beatriz Opitz / 2010

1 comentarios:
Un texto sentido y sobrecogedor. Me recordó a la frase célebre del fausto: "¡Detente, instante! Eres tan hermoso..."
Bienvenida a Casa, Bea.
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