Perdió la paciencia y casi gritando le dijo: -¡Sólo quien ha vivido rodeado de viejos y enfermos puede entenderme! Tú, tú no entiendes nada.
Salió de la habitación dando un portazo, se encerró en el baño y se dejó en caer sobre la tapa del water. Se llevó las manos a la cabeza y rompió en un llanto histérico, acaso sin sentido. Se vió a sí misma viajando de la mano del padre en un tren oscuro y frío con dirección quién sabe adonde, recordó el terror que la oscuridad le producía, las voces de los soldados que hablaban entre ellos como en secreto, en una lengua que ella aún no conocía. La mano paterna, amable, le acariciaba el pelo. Cada hebra de cabello que él tocaba se convertía en una promesa de seguridad y afecto, cada uno sus dedos parecía susurrarle: “ no tengas miedo niña, tu padre está contigo”.
De pronto como en una pesadilla y dentro de aquel hermoso recuerdo apareció entre los resplandores de las luces de afuera el severo rostro de la madre que arrullaba en su regazo al pequeño intruso, el gran el favorito de la vieja. Fue entonces cuando dejó de llorar, tal vez sintió rabia, quizá le reprochó al padre mentalmente su partida, cómo pudiste irte, cómo se te ocurrió morir y dejarme con esta bruja.
Tratando de esclarecer sus pensamientos,se incorporó, abrió la llave del lavabo, se perdió en su propio reflejo frente al espejo, ahuecó las manos y se hizo de una generosa porción de agua, se miró nuevamente al espejo buscando una respuesta en las arrugas de sus rostro, el agua goteaba de sus manos próximas a alcanzar su cuello, cerró los ojos y dejó que la fresca humedad finalmente se estrellara en su rostro. El agua me hará bien -pensó- el agua lo purifica todo. Repitió para sí misma, bajito y despacio: “Cordero de dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de dios, atiende nuestras súplicas”.
A la mañana siguiente la vieja no despertó, aún tibia en su cama y con los ojos a medio abrir parecía reclamarle “por qué has sido tú quien ha tenido que encontrarme y no mi niño”. La mujer que ayer lloraba desconsolada, derramó una lágrima, tal vez dos. Musitó algún versículo del libro de los muertos y le cerró los párpados. Cogió el teléfono, pidió actas, organizó preparativos, llamó a su querido enemigo, con risa nerviosa, simpleza y cierto alivio le dijo: K, se acabaron los favoritos.
Un sentimiento desconocido se apoderó de ella, sintió que sus pulmones se llenaban de aire, se creyó flotar en la habitación, respiró con alegría el fuerte aroma de las flores que ya empezaban a llegar, se alisó la falda del vestido, se pintó los labios y puso su mejor cara de tragedia. Los dolientes comenzaban a entrar en el salón. Por fortuna, mañana será otro día.
© Reservados todos los derechos de uso y publicación / Beatriz Opitz / 2010

3 comentarios:
Sí, a mí también me parece muy grato que se haya abierto esta puerta. Y vaya manera de recibirme. Me gusta este texto, tiene un aire dostoievskiano, de vidido en la Europa Oriental, la sensación de tener el alma en los pies.
En principio estaba un poco perdido, pero ya luego la bola de hilo se desenrolla; o debería decir la maraña de cabello, esas hebras anudadas por la ausencia de caricias paternas.
Espero seguir leyéndote
Recibe un saludo
Cuanto aire cabe en un pulmón....
saludos
es como si se hubiera aliviado con la muerte ajena.
=/
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