sábado 15 de mayo de 2010

Resaca



Eran poco menos de las dos de la mañana cuando el timbre de su teléfono hizo eco en las paredes del baño. Sabía que era ella, más bien estaba casi seguro de que era ella, pero con el pito en una mano y la otra recargada en las baldosas sabía muy bien que coger el teléfono era, más que un suicidio, un imposible. Pensó en llamarla más tarde, en excusarse, en inventar una historia de hospitales y amigos en problemas, en prometerle que en una hora iría a verla, que tal vez era mejor quedar para mañana, pero en algún lugar entre los gin & tonics que ya había bebido, las chicas que había besado y las líneas de blanca adrenalina que acaba de respirar olvidó devolver la llamada, olvidó incluso comprobar si había sido realmente ella quien había hecho sonar su teléfono. Aliviado, se subió la bragueta, lavó sus manos, se aseguró de tener cada cabello en su santo lugar y volvió a la pista a bailar con sus amigos -que cada vez estaban más borrachos-, a mirar a las chicas, a dar gracias por la llegada del verano, las minifaldas, los escotes y las medias panties que terminan en zapatos de tacón.

En algún momento creyó verla en una de las chicas que bailaba a unos cinco o seis metros de ellos, quizo acercarse, seguirle paso, tomarla por las caderas, decirle lo mucho que la quería, que de buena gana se casaría con ella, que no era sólo una distracción, que nunca había querido a nadie como a ella. Justo cuando reunió el coraje suficiente para aproximarse, tuvo la sensación de que el salón daba vueltas, sintió estar parado sobre una gran alfombra a la que un par de gigantes habían tomado por las esquinas y hacían girar lentamente. Entonces sus pies se volvieron de roca, dos macizas anclas que lo jalaban al centro de la tierra. Estaba mareado, las cosas a su alrededor pasaban como si él mismo fuese un extra en una peli que el director mira en slow motion, como si buscando algún error de edición.

Pasaron dos o tres canciones, quizá cuatro y permanecía aún inmóvil, inmerso en su propia confusión, con el vaso casi vacío, rodeado por la gente que sudaba al ritmo de la música, la mente en blanco y preso de una súbita e inexplicable tristeza. Sintió perder las fuerzas, todo iba cada vez más rápido, las voces le parecían más estridentes que nunca, sintió mucho calor, tuvo sed, sabía que su mente perdía jurisdicción sobre su cuerpo, trató de agarrarse del hombro de un amigo, pero sólo consiguió rozarle el trasero a una mujer muy rubia y muy alta que se volvió hacia él con la plama de la mano en alto y extendida. Sintió el latigazo en su mejilla, el ardor de un golpe que no creía merecer, la vergüenza de ser payaso del destino, el objeto de una broma de muy mal gusto que ahora mismo lo hacía perder todo equilibrio y caerse de bruces.

Los muchachos le cuentan que se hizo un gran círculo entorno a su inerte cuerpo, algunas mujeres gritaron al unísono, por segundos se murmuró que lo habían apuñalado, otros dijeron que la novia lo había golpeado hasta el nocaut, otros dijeron que se desplomó después de una sobredosis, los más sensatos se limitaron a hacerse a un lado y a cerrar la boca. Lo cierto es que llegaron los de seguridad, tres enormes tipos de casi dos metros de alto y otros dos de ancho, le patearon un poco las costillas, lo insultaron en aquella lengua que a penas empezaba a comprender, lo tomaron por los brazos a la altura de las axilas y junto a sus amigos lo echaron a la calle, amenazándolo con no ser tan amables si le volvían a ver por ahí.

A la mañana siguiente no mentía al decir que no recordaba nada. Revisó pues su móvil tratando de rehilar la trama nocturna, descubrió un sinfín de llamadas y de mensajes de texto -casi todos de Csilla, claro está- sin responder. Los primeros dulces, traviesos, invitadores, los próximos un tanto dolidos, los siguientes algo agresivos y el último, sin duda el mejor de todos, ponía: "A kibaszott kurva anyád!", que en la lengua común a ambos significa algo tal vez traducible como: "¡Hijo de la gran puta!". Hizo el intento por responder aquel último mensaje, le tomó un par de segundos armar la frase perfecta, a media escritura se dio cuenta de lo inútil que le parecía insultar en una lengua que no era la suya, casi tuvo ganas de reírse. A decir verdad, de haber querido devolver el golpe, hubiera preferido hacerlo en español, con toda su fuerza y todas sus letras, pero bien sabía que ella no se daría por aludida. Decidió entonces, hacerse el desentendido, después de todo, siempre lo había dicho: el amor y la ira sólo pueden ser expresadas a plenitud en la lengua materna. Sonrío en silencio y por un rato largo, como si recordara algo muy gracioso o muy doloroso y las escenas de aquella memoria se proyectaran en ese preciso momento en el teatro de sus recuerdos.
Se llevó la botella de agua a los labios, se dio media vuelta en la cama, volvió a echarse las sábanas hasta el cuello y entre los lejanos ladridos de un perro, el taladreo de un vecino y la alarma de su despertador se fue quedando dormido.


© Reservados todos los derechos de uso y publicación / Beatriz Opitz / 2010


Fotgrafía: Peter Prusinowski

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico relato, Viandante. Impecable, con sello propio.
¿Dónde hay más?
Como todo lo bueno, quedan ganas de leer un libro entero. Lo espero.

GEORGIA dijo...

grata lectura

un abrazo

Dendrita dijo...

No sabes cómo disfruté estas líneas...
Un abrazo Viandante, no abandones el blog que me dejas cierto sentimiento de desamparo

Anónimo dijo...

Has escrito cosas mejores. No te ofendas. No es que no me guste,ni que me parezca malo, solo que me da la sensación de frivolidad, de ligereza que no sé,no me parece que seas tú quien escribe.

Camila

Jorge Ampuero dijo...

Un cuento casi nihilista sobre los recovecos inefables por donde nos arrastra el corazón.

Saludos...