miércoles 22 de abril de 2009

Cascabel al alba



Bailaba por el dinero que los paseantes dejaban caer de sus sacos. Sabía que la desnudez de sus pies sobre la arena tenía un efecto mágico, que el sube y baja de sus caderas transformaba cualquier pena en alegría y que las alegrías ajenas transformaban su hambre en saciedad.

Era una mujer inteligente, si por inteligencia quiere entenderse saber vivir con lo que se tiene y no pedir mas que un techo, patatas recién hechas y un hombro en el que apoyarse. Jamás tuvo un disgusto con nadie, era querida por hombres y mujeres con una paridad acaso imposible. No conocía la maldad y el silencio fue siempre su mejor virtud, o al menos eso intuía.

El día que la noche estrellada cayó sobre todos los demás y las casas se volvieron piedras lisas, los niños dejaron de llorar, los hombres dejaron de mover sus brazos para arar la tierra y el mar devoró entera la playa que fuera su casa, ella logró salir victoriosa entre la marisma. Caminó firme sobre la multitud de cuerpos sin vida que cubrían la aldea, sorbió las lágrimas que quemaban su rostro y aún sabiéndose yerma, dio a luz al ser más perfecto que jamás el Creador soñara posible.

Le puso por nombre Jeremías, como el profeta bíblico, es cierto, pero no fue esa la razón de su escogencia. Ese nombre obedecía a un ruido profundo y muy hondo que sobrepasaba su propio silencio. Era tal vez la manera de levantarse entre los muertos, romper para siempre aquel letargo, de fundar con esa vida un pueblo nuevo, el modo de decir a todos que la esperanza estaba entre ellos, más allá de todos sus muertos.

El alba casi despuntaba cuando por vez primera retó a las estrellas, quiso preguntarles si también ellas la habían olvidado, le reclamó a las olas la poca afinación de su marejada, le pidió a la arena recuperar su firmeza, le exigió a sus pies que se pusieran alegres. Con la criatura ceñida al pecho se levantó el ruedo de la falda, un paso tras otro sus piernas dejaron de temblar, sus caderas se llenaron de castañuelas y de cuerdas de guitarra a punto de reventar.

­-Ya sé que hoy no hay paseantes -le susurró a su niño mientras lo amamantaba- , pero no siempre hay que bailar por monedas. Esta mañana bailamos juntos mi niño, tus risas serán mi cascabel y mi canto.


© Reservados todos los derechos de uso y publicación / Beatriz Opitz / 2010

Foto: Como ven el retarto es de Carmelilla Montoya, desconozco al fotógrafo.

4 comentarios:

Georgia dijo...

Se me ha erizado todo el cuerpo...


un abrazo

Sensaciones dijo...

Qué lindo. Con ese toque honírico, que parece ya un "sello de la casa".

Con la frase final te salió un toque que casa con la foto, con ese mi niño...

Anónimo dijo...

Extraordinaria narración y profunda emotivividad. Matrimonio perfecto.

Anónimo dijo...

bonita foto ...........y bonita narración.adeu .........